Chapter 7. On vengeance. 

Revenge is a poison meant for others
that we end up swallowing ourselves.

Vengeance is a dark light
that blinds all who seek it.

The untroubled self knows
that there is no justice in revenge.

The untroubled self knows
that to seek vengeance
is to seek destruction.

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Sociología en fascículos: perspectiva sociológica

Como he dicho en este post mi intención a partir de ahora es emplear este espacio para, aun escribiendo otros textos (ficticios y poéticos), comenzar a escribir sobre cuestiones sociológicas que me parecen interesantes. En este tipo de espacios el debate, la conversación o la resolución de dudas está, obviamente, abierto para aquellas personas a las que les apetezca aportar.

Antes de comenzar con los temas que quiero tratar en un futuro, me parece que es importante dar algunos detalles. Primero, ¿desde qué perspectiva voy a hablar sobre estos temas? A día de hoy se utiliza a menudo el término “sociológico” o la expresión “sociológicamente hablando”. En muchas ocasiones sin aportar nada propiamente sociológico. Dejando de lado la motivación para emplear dicha expresión, aquí me gustaría abogar por hacer entender lo que yo entiendo por la “perspectiva sociológica”.

Tal vez lo que voy a decir a continuación haga empobrecer la calidad de la explicación. Pero es lo que he ido aprendiendo durante mis años de carrera y lecturas. Una de las cuestiones más importantes para entender la sociología, es que sus perspectivas son una miríada. No hay “una perspectiva sociológica”. Hay muchas. Las formas de acercarse al objeto de estudio son varias y dependerán de lo que quieras saber y de cómo tengas que aprenderlo. Las teorías críticas aportan análisis con intención modificadora, las taxonomías buscan la descripción, la explicación busca la comprensión… y dentro de estas formas de acercamiento a la realidad, habrá unas u otras herramientas.

Hay que aclarar que por herramientas me refiero a aquellas formas de las que disponemos para conseguir datos primarios o secundarios. Encuestas, grupos de discusión, big data… Estas herramientas deben ser compartidas entre las perspectivas si se quiere conseguir una visión profunda del tema a estudiar. Por una sencilla razón y es que cada herramienta tiene una utilidad. Mientras que un ratio o un índice sirven para ayudar a resumir la información o indicar una dirección de un fenómeno, un discurso puede servir para ayudar a comprender la justificación de un acto o una experiencia. “El 36% de la muestra afirma tener conocidos que defraudan a Hacienda” no es lo mismo que “mi suegro, peón de toda la vida, no se puede permitir pagar la cuota de autónomos por las pocas ‘chapuzas’ que hace al año”.

Es por eso que personalmente considero que un trabajo de investigación social con intención de explicar necesita utilizar todas las herramientas, técnicas y disciplinas a su alcance. Dado que, en teoría, las personas estudiantes de sociología tienen un mayor dominio de las herramientas, los análisis se suponen más precisos. También, por lo tanto, deben serlo las conclusiones que van a aportar. Pero no es únicamente cuestión de la precisión. Es cuestión de lo que pueden aportar y explicar gracias a ello. Al fin y al cabo, para dar porcentajes y extractos de entrevistas no es necesario un sociólogo. Eso, dado el fin último de su profesión, es capaz de hacerlo un periodista sin ningún problema.

Es aquí donde entra en juego lo que yo entiendo como “perspectiva sociológica”. Si el sociólogo quiere diferenciarse de otras ramas del conocimiento social no puede conformarse con exponer un titular y soportarlo con algunos datos.

Si puedo decir algo de mí es que mi afán intelectual es la comprensión. Ser capaz de comprender aquello que no entiendo y que me interesa (dado que si quisiera estudiar todo aquello que no entiendo estaría perdido) es lo que me mueve cuando pienso en el trabajo intelectual. Esto es lo que me lleva a pensar que la expresión última de la sociología es explicar cómo surgen los fenómenos sociales. Desde expresiones de la sociedad tan complejas como la tradición hasta fenómenos tan relativamente sencillos como la acción-reacción de unos conductores decelerando en una intersección. Para esto debe hacerse comprensible la interconexión de acciones que las personas llevan a cabo entre sí en un entorno comunicativo. Esto todavía es una tarea inmensamente complicada. Y, según lo que tengo entendido, seguirá siéndolo durante una buena temporada.

La motivación de que esto sea tan complicado es que para ser capaces de aislar el punto de inflexión que produce dicho fenómeno, hay que ser capaces de desechar todo el ruido que rodea las variables productoras. Y esto, como se puede suponer, es improbable por la naturaleza del objeto de estudio. Al pesar investigador, uno de los principales obstáculos se interpone en todo momento cuando las personas deben tomar decisiones. Dicho obstáculo es… bueno, la vida. Y aquellas personas que pretenden alcanzar un conocimiento sociológico de cierto fenómeno deben tenerla en cuenta.

Esta es la primera característica de la perspectiva sociológica a la que me adapto. Es decir, “la sociología debe explicar cómo, por qué, dónde, cuándo y qué produce cierta acción social, entendiendo por esto toda acción que las personas situadas en un contexto determinado (temporal, virtual, espacial, físico…), llevan a cabo «de forma intencional, distinguiéndolo de meros ‘comportamientos’ como roncar o tropezar con una piedra. Esto es, cuando se llevan a cabo se planea que tengan un resultado futuro. Especificar la intencionalidad hace que los modelos sean más claros y fuerza al investigador a especificar cuáles pueden ser los resultados esperados de la acción. Esto ayuda, como se puede suponer, a desarrollar un modelo explicativo más claro y preciso al obligar a especificar los mecanismos que entran en juego. Tal y como se usa aquí, actúo si, y solo si, lo que hago es explicable por mis deseos, creencias y oportunidades» (Hedström, 2005, pág. 38)”.

Siendo el párrafo anterior algo más complejo, he de aclarar una cuestión. Hay un par de conceptos dentro de la cita al grandísimo sociólogo Peter Hedström (del cual, de haber alguien interesado, no recomendaré nunca lo suficiente su lectura) sobre los cuales hablaré en otro momento. Estos son los mecanismos y la tríada de deseos, creencias y oportunidades. Este grupo de conceptos son primordiales en la acción social, sobre la que, como ya dije, escribiré dentro de poco.

La segunda característica de esta perspectiva, aunque más bien es un valor, es la honestidad intelectual. Ya he hablado sobre la hipocresía intelectual en este post, así que no me detendré a comentarlo porque asumo que se capta la idea de lo que pretendo comunicar, sobre todo en el momento en el que hablo sobre “mi duda razonable”.

A pesar de que no sea por completo a lo que me refiero con la honestidad intelectual, esto me hace llegar a otra conclusión. Para quien se dedique a la sociología, no debería haber más enemigo que aquel que pretende prohibir o enfangar la lucidez explicativa. Es por eso que la claridad, la rigurosidad y la precisión, son las mínimas desde las que debemos partir. Es por eso que no debemos señalar un fenómeno que estemos estudiando como “el mal”. Debemos explicarlo y entenderlo. Siempre entendiendo que dicho fenómeno (en el caso de la sociología) existe porque hay personas que lo producen. Al fin y al cabo, personalmente me parece que pensar que una tradición puede trascender a aquellas personas que la mantengan es similar a pensar que la gravedad es malvada porque si caes desde un quinto piso te haces daño. Es darle intencionalidad a un fenómeno.

Sociología en fascículos.

Bueno, me he decidido. A pesar de que hasta ahora he utilizado este sitio mayormente para escribir poesía o relatos cortos, me he ido convenciendo poco a poco de que se me da mejor la prosa. Y además de tinte ensayista, que tengo un poco más de libertad.

La cuestión es que llevo un tiempo con ganas de escribir algo sociológico. Ya que no tengo la suerte de emplearme en aquello que estudié, pues por lo menos intentar llevar mis ganas de hacerlo por algún otro lado. Así que he decidido escribir aquí algún texto sociológico. No tengo todavía demasiado claro qué es lo que saldrá, si será pura sociología, ensayo o diatrabas. Lo que sí que tengo claro es que me apetece escribir en líneas de comportamiento social, explicar algo que sepa. De método, de teoría, de aplicación… en fin, escribir algo para, al mismo tiempo que escribo lo que tengo en la cabeza, ir refrescando conceptos relevantes.

Así que creo que dentro de poco la siguiente entrada tratará sobre algo que me parece de total relevancia: la acción social.

La cultura del trabajo y Cifuentes

Sí, llego tarde al debate. A la conversación, a la discusión. Al tema. Twitter es muy rápido, ya lo sabemos todos.

Antes de nada, he de aclarar que lo informado que estoy sobre el tema es bastante poco. Solo sé que Cifuentes, presuntamente, ha falsificado sus notas del máster y ni siquiera ha terminado su TFM, aun teniendo el título. Y esto lo sé al leer la información del diario.es porque es básicamente de los muy pocos periódicos que, muy loablemente, no están adscritos a la ley de Propiedad Intelectual. De haber encontrado más en mi corta búsqueda, estaría mejor informado. Así que esto va a ser básicamente lo que pienso del tema.

La cuestión es que el tema Cifuentes me hizo pensar en la idea de “responsabilidad”. Y no la responsabilidad de “yo he hecho o dicho esto así que tengo que hacerme cargo de ello”, que al igual que me parece importante en el día a día, más importante me parece si ocupas un cargo público. Me refiero a la responsabilidad de “tener que acabar lo que uno empieza de forma equiparable a como todos debemos acabarlo”. De poco vale que un corredor de triatlón gane porque se sabe un atajo o porque está dopado cuando todos los demás están corriendo por el camino estipulado. Permitirle al atleta dicho premio sería discutible. A no ser que estemos en una carrera en la que “todo vale”. Y de esas, creo, hay pocas. En otras palabras, Cifuentes está, presuntamente, corriendo dopada.

Visto de esta manera, creo yo, es bastante gracioso. Imagino a Cifuentes con una cinta para sujetarse el pelo, unas mallas y una camiseta amarilla fluorescente. No sé por qué, pero me hace gracia. Pero volviendo al tema, la cuestión es que visto desde la perspectiva “seria” creo que es preocupante. Y no preocupante en un sentido apocalíptico ni mucho menos. Pero sí preocupante en un sentido de que bajo sospecha está un cargo público de mucha responsabilidad. Hasta donde tengo entendido es la presidenta de la Comunidad de Madrid desde 2015. No cuando estaba haciendo el Máster. Aunque entonces sí tenía responsabilidad dado que era la delegada de Gobierno de la Comunidad de Madrid, asumamos por el bien del argumento que no tenía tanta como debe tener ahora. Debe llevar a cabo ciertas tareas que solo ella, creo, puede hacer. Y hombre, eso es un posible argumento para decir que les va a dedicar toda su atención, ya que solo ella puede hacerlas. ¿Pero estamos seguros de eso? Creo que hay motivación suficiente hoy en día como para que esta sea una duda razonable.

Básicamente porque ni siquiera fue, presuntamente, capaz de terminar un Máster conforme a como todos debemos terminarlo. Presuntamente, la resolución de dicho Máster ha sido mediante el chanchulleo que ya a día de hoy parece endémico. Resulta  impresionante que una persona con un cargo público de gran responsabilidad ni siquiera sea capaz de obtener, de formas legítimas, una titulación académica que a día de hoy me atrevería a decir que muchas personas egresadas están casi obligadas a tener. ¿Se ha llegado al punto en el que ni siquiera se es capaz de obtener las calificaciones de forma legítima? ¿Es este el tipo de persona que nos gestiona? ¿La que valora más la “picaresca” que el trabajo y la honestidad? Hemos llegado incluso a pensar que es normal que, la sospechosa de este “delito moral” (por llamarlo de alguna forma) niegue en rotundo dicha posibilidad y arremeta contra sus “enemigos”.

Pero no es solo culpa de la presunta perpetradora del hecho. Para que esto sucediera alguien tuvo que echar la vista hacia otro lado. ¡Alguien en la Universidad Pública! También son responsables de que esto ocurra aquellas personas que, por beneficio personal, amistad o interés pragmatista, miran hacia otro lado. Son,  también, responsables de que el “todo vale” se convierta en un virus que cada día parece más difícil de curar. Y estamos hablando de formación académica especializada. En este caso, en financiación y gestión económica de las Comunidades Autónomas. Vemos una relación directa con el puesto que Cifuentes desempeña. ¿Es que no le importa en absoluto lo que se supone que en la Academia iba a aprender? ¿Es que no es lo suficientemente responsable como para comprender que, de estar formada, desempeñaría (posiblemente) mejor su cargo?

Uno de mis profesores utiliza la ya cansada expresión de “titulitis”. Es cierto que muchas personas padecemos de esa enfermedad. Pero me atrevería a decir que los que estamos en esa situación, suele ser porque necesitamos el título de turno para entrar al mercado laboral, porque sino tenemos ningún certificado que acredite nuestra valía, nadie puede avalarnos. Pero aquellas personas que estamos en esa situación, por lo menos tenemos la decencia emplear los métodos válidos para obtener dicho título. Y sino lo conseguimos, tenemos que seguir intentándolo. Porque así es como funciona el mundo con los que no tenemos el privilegio político.

Para terminar, me gustaría decir que a día de hoy me resulta impresionante que algo como puede ser formación pública ni siquiera se vea valorada. Que a día de hoy hasta los responsables de dicha formación ignoren el significado de darle un título a una persona que no se lo ha ganado. Esto es impresionante. Se ve que la cultura del trabajo no es uno de esos valores indispensables en el “checklist” de ciertos puestos de mando. Parece más importante saber convencerse y comunicarse que demostrar la valía.

Recordemos, además, que estamos hablando de un cargo de responsabilidad estatal. Si Cifuentes fuese la responsable de su propia empresa, allá ella con su formación. Pero es la irresponsable de gestión de casi siete millones de personas. Tengamos eso en cuenta.

Stranded

Hay una canción que dice que “sin ti esta playa está sin mar“. Esta entrada que escribo llevaba “varada” mucho tiempo, esperando a ser poema. De hecho, el poema empezaba con un “Varado aquí, en el ruido profundo…”. Como si de repente no fuese capaz de volver a entrar en el mar.
Pero no, del mar uno no sale nunca. Es imposible atascarse. Aun siendo la canción preciosa, no se aplica.

Sin ti esta playa está sin arena me suena mejor.

 

Habrá que ver si debajo de lo que era arena hay pedregales. Sobrevivir a flote sin un pie que apoyar es muy duro.

Hipocresía intelectual

Como dije aquí, el texto sobre hipocresía intelectual vendría luego. Resulta que ese luego es hoy. Dado que el texto se iba a quedar largo, decidí separarlo en dos. Intentaré ser claro, que es como uno mejor se hace entender.

Como comenté en el texto sobre hipocresía moral, de esa reunión salieron dos debates. El primero ya está explicado así que creo que es mejor que me centre directamente en el segundo. Me parece que, de nuevo pobremente, podría resumir este segundo debate diciendo que trataba sobre la capacidad de decidir y de actuar. En concreto se centraba en la prostitución. Ideas y preguntas surgieron, como por ejemplo, si es buena idea regular este fenómeno y más profundamente, quién “utiliza dichos servicios“. Si alguien ha leído mis últimas publicaciones (no tiene que irse mucho tiempo atrás para ver a qué me refiero), entenderá que me preocupa lo suficiente la consideración de otras personas y sus acciones como “enemigas“. Pero, dado que las cosas que se dijeron yo ya las había escuchado en alguna que otra ocasión, mi reflexión no fue tanto sobre lo que allí se dijo. Fue más bien sobre por qué se dijo.

Me centro en esta idea no porque me parezca más importante o porque quiera defender a aquellas personas que utilizan la prostitución. Nada más alejado de la realidad. Me centro en esta idea porque creo que fue el núcleo del disenso. Como he dicho, intentaré ser lo más claro posible. Igual que en el texto anterior, había dos posiciones argumentativas claras. Empezaré, como en el texto anterior, por la opuesta a la mía.

“Todo usuario de prostitución, y cuando digo todo, digo la mayoría -aceptemos alrededor del 90%- lo es porque quiere usar su poder sobre el cuerpo femenino pasivo“. Esta frase resume, no voy a decir que de forma precisa, dicha argumentación. Ahora bien, no diré que resume de forma precisa porque soy consciente de que dicho “titular” tiene una serie de teorías que lo sustentan. Y además, dado que dicha conversación era “de tasca”, uno no se puede esperar la construcción, explicación y aclaración de dichas teorías. Por eso creo que dicha frase, lapidaria en mi opinión, no resume de forma precisa esta posición. No es, aclaro, porque la argumentación en sí fuera mucho más desarrollada u holística (perspectiva que, en teoría social, considero relevante). La otra posición consistía en lo siguiente.

“Aunque estoy seguro de que existe ese tipo de usuarios (asumo que la mayoría son masculinos), me parece que ese ‘titular’  es monolítico y completamente impermeable. No tengo conocimiento de dichas teorías (ni de sus datos) pero sí sé que en Ciencias Sociales, nada es nunca tan sencillo”. Esta frase resume (me gustaría pensar que de forma bastante precisa) mi argumentación. Antes de continuar, me gustaría aclarar que, a pesar de haber estudiado sociología, no considero tener conocimiento ni de teorías de poder (más allá de lo poco leído sobre Bourdieu o Foucault), ni de teorías de género (más allá de lo leído sobre las diferentes corrientes feministas). De lo que sí sé un poco más, aunque no lo suficiente, es de motivaciones a la hora de actuar socialmente.

Esto es lo que me lleva a poner en duda toda explicación que diga de un comportamiento social algo así como “la explicación de este fenómeno es así y no es ni más complejo ni más sencillo”. En este caso y a mi pesar no conozco ninguna teoría que sustente mi duda. Pero, como suele decirse, me parece que esta es una duda razonable. Y lo considero así por tres motivos.

  1. Cuestiono cómo y por qué la fuente ha llegado a esa construcción discursiva. Siendo esta una teoría crítica tengo motivos más que suficientes para dudar de la recopilación y del uso de los datos. Dado que es una teoría crítica, quiere cambiar la defectuosa realidad, motivo por el cual su discurso no debe ser conciliador. Por poner un ejemplo, las teorías que traten este tema desde la perspectiva más crítica, posiblemente no contemplen la información que se pueda recoger de los propios usuarios. O, si lo hacen, pueden sacar sus propias conclusiones (no estoy afirmando que lo hagan, solo que pueden).
  2. Cuestiono la afirmación de ideales incontestables. No ideales en un sentido de belleza o finalidad, sino ideales en un sentido de posesión de la verdad. Si una cosa ha debido mostrarnos la mundialización de la cultura, es que lo que puede ser cierto para ti, tal vez no lo sea para mí. Esto, llevado al extremo, puede reducir a la nada los “derechos humanos”. Pero, por el bien de la brevedad, me parece preferible no ahondar en ello aquí.
  3. Cuestiono la falta de cuestionamiento. Es necesario preguntar, es necesario dudar y es necesario no creer. Y esto es necesario, porque si lo que nos cuentan nos suena bien, posiblemente sea porque lo estemos aceptando sin contrastarlo. Es imprescindible ser tanto o más dubitativos y exigentes con el discurso que se alinee con nuestros valores como con aquel que vaya completamente en contra.

Hacer lo contrario a estos motivos, es para mí, igual que en el texto anterior, la reducción de una idea. No intentando hacerla comprensible, sino intentando encerrarla hasta que las posibilidades de complementarla y ampliarla sean casi inexistentes. Es por esto que hablo de hipocresía intelectual. Debemos querer aspirar a la verdad, por muy compleja que sea. Debemos querer comprenderla, aunque no seamos capaces todavía. Debemos, una vez creamos tenerla, cuestionarla y no aceptarla como si estuviera escrita en piedra. Debemos, en definitiva, dudar.

Hipocresía moral.

La libertad es una palabra que llena la boca. Tanto por sus significados como por su sonido. Especialmente por su sonido. El final de la palabra me evoca un golpe sobre la mesa. Independientemente de que sea para conseguirla a expensas de la ajena.

Entiendo que todo el mundo quiera enarbolar esta palabra. Hacerla suya y que su interpretación no sea cuestionada, dado que cada persona “es libre de interpretarla como plazca”. Uno de los problemas, para mí, es el siguiente: argumentar la construcción de la palabra a raíz de perspectivas simplistas y reduccionistas de la realidad. Ahora, no me malinterpreten, aprehender el universo (en este caso, el social) con toda su extensión es, a día de hoy, imposible. Reducir lo que queremos explicar e interpretar es completamente necesario. Pero reducir no significa (creo yo) ser binarios. Como he dicho aquí de forma no muy prosaica, hablar de “nosotros” y de “otros”.

Y aquí es donde explico aquello que me produce urticaria al pensar sobre esto. Recientemente estuve presente en un debate que comenzó hablando sobre los abusos en Hollywood, entre los que incluso se vio involucrada una de las personas que a día de hoy (y a mi pesar) sigo considerando de los mejores cómicos de nuestra generación. La cuestión es que dicha conversación generó dos debates sobre los que estuve pensando. El primero, resumiendo pobremente, fue sobre la idea de hasta qué punto se puede comparar el apoyo que como público damos a las personas que ya se sabe que han abusado, con otras personas que ya se sabe que se hacen daño a sí mismas, teniendo siempre en cuenta que dicho apoyo les llega de nuestra parte.

Aquí es donde entra en juego lo que yo he acabado por llamar hipocresía moral (la intelectual viene luego). Dicho debate, me permitan la confianza mis compañeros de conversación, se tuvo en un ámbito más bien amistoso y, en teoría, sincero. Puede que el par de copas acalorasen el debate, pero eran necesarias, que estamos a unos 5 grados. La cuestión es que había dos posiciones bastante claras. La base de la opuesta a mi argumentación decía lo siguiente: El abusador de otras personas,  llamado Bully a partir de aquí, está coartando la libertad ajena. Lo cual, en mis círculos, es completamente deplorable. En cambio, el que abusa de sí mismo, llamado Johny a partir de aquí, está ejerciendo su libertad. Lo cual, aunque no consideremos que sea bueno para esa persona, es aceptable dado que forma su derecho intrínseco a decidir. La cuestión es que, a pesar de tener opiniones opuestas, las bases argumentativas se comparten. Hasta aquí no hay nada que me produzca urticaria.

La cosa cambia cuando continúa la argumentación afirmando que dichos casos son totalmente incomparables. Que no se puede comparar que se siga “apoyando” a Bully con que se siga “apoyando” a Johny.

Aquí es, para mí, donde entra en juego el concepto de libertad. Aquí es, para mí, donde las argumentaciones toman direcciones completamente opuestas. Porque lo importante para mí no es que esa persona ejerza su libertad sobre su propio cuerpo o ejerza coacción sobre el ajeno. Lo importante para mí, como público, es que yo no quiero apoyar nunca algo que yo pueda considerar daño. Para mí estoy siendo tan cómplice del daño a una persona ajena apoyando a Bully como apoyando a Johny. Y quien lea esto tal vez se preguntará… ¿dónde está aquí la hipocresía moral?

Y mi respuesta será… Tal vez mi perspectiva sea algo prepotente pero pienso que en el argumento que he descrito al comienzo. Es decir, el opuesto al mío. Disculparéis, espero, mi consideración de dicha argumentación como hipócrita. Pero también me gustaría que se entienda que no hablo de hipocresía como un pecado intelectual capital, si no como un resultado comprensible de desasociar la responsabilidad. Me explico. El responsable del daño que genera Bully, no es solo Bully por su posición de poder. Bully ha llegado a esa posición porque su público, por decirlo de alguna manera, lo permite. Lo único que se consigue al castigar al “responsable” de coartar la libertad ajena es olvidarse de todo el fondo que lo sostiene. Lo único que se consigue es buscar una enemistad que señalar. Como si su público no tuviera responsabilidad alguna. Igualmente, si Johny decide hacerse daño a sí mismo, no es solamente él el responsable. ¿Por qué es aceptable que un artista se automutile si así lo desea? Deberíamos tener la altura cívica y moral suficiente como para ver que apoyar el dolor (sea este autoinfligido) es una irresponsabilidad.  Cívica porque como ciudadanos y ciudadanas debemos buscar el tan maltratado concepto de “bienestar común”. No como bien tangible; como bien personal e individual, extensible este a la salud social. Y moral porque ya no como ciudadanos y ciudadanas, como personas debemos aspirar a suprimir el daño de nuestras vidas. Aunque siempre habrá aquellos que lo busquen.

Y por eso hablo de hipocresía moral. Porque en mis círculos, de los que me enorgullezco porque buscan motivos, intereses y temáticas de relevancia, no piensan que la responsabilidad sea de todos. Porque mis círculos, que piensan en la idea del bien común, parecen olvidarse de que para que haya bien común, debe haber interés común. Y el principal interés común para el bienestar, es querer que “el otro” esté bien.