El escritor

El escritor se vio envuelto en un calor que nunca habría esperado.

No era su costumbre escribir sobre nada en concreto. Más bien siempre le había gustado escribir banalidades; él lo llamaba “realismo rutinario”. Sus novelas casi se podían llegar a considerar diarios. Es por esto que, en realidad, solo llegó a escribir una saga. Estaba repartida en miles de tomos, dado que las escribía a mano en libretas pequeñitas pequeñitas, con apenas cien carillas.

Hay que admitir que tiene mucho mérito la supervivencia primera de este escritor, dado que no tuvo a lo largo de su vida más trabajo que el de escribir. Sus primeras publicaciones no fueron del todo conocidas en un principio, aunque sí recibieron buenas críticas. A sus profesores les parecía fantástica la prosa de su alumno, que describía con pleno detalle su paso por la vida. Detalles como si le echaba sal o pimienta a la ensalada, si se ponía primero el calcetín derecho o el izquierdo o cómo dudaba al ponerse una camisa blanca o una camiseta negra, estaban descritos con una profundidad que incluso parecían plasmados en el mismo momento de la duda.

Aun siendo la profundidad siempre una constante, la creatividad no abandonó nunca al escritor, lo cual es un hecho particular puesto que la escritura siempre consistía en la descripción de la realidad más cruda, maloliente o sabrosa. En su caso sería imposible decir que el autoplagio o la repetición de estructuras existiese. Cada día estaba descrito de una forma distinta, así como cada día lo vivía de una manera totalmente diferente. Puede que ese fuese el secreto de su éxito. A pesar de que su obra consistiese en lo mismo siempre, la experiencia añadida del día anterior modificaba por completo la experiencia descrita en la última página.

Puede que sea por ello que una gran masa de admiradores lo arropó de forma incondicional cuando decidió dejar la pluma de forma involuntaria. Montones y montones de personas asistieron al funeral.

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La presa. 1

Hasta que los leones tengan sus propios historiadores, las historias de cacerías seguirán glorificando al cazador. Eduardo Galeano, El libro de los abrazos.

El calor de la carne abierta produce vaho en contacto con el aire frío. El amasijo de músculos, sangrantes y en tensión, arrastra las heridas por el suelo empedrado, haciendo que estas se abran todavía más. El ambiente se carga de un olor férreo insoportable.
Para la presa.
A quien apresa le deleita, le excita, le guía. El olor sanguíneo llega directo al paladar, avanzando lo que será el deleite de la noche.

Snooker. 1

A pesar del esfuerzo que le había conllevado hacerlo, no había podido evitarlo. Su propia carne era débil. Su piel, demasiado atrayente. La mujer de rojo lo observaba con los ojos abiertos de par en par. Lo esperaba, tumbada ante él. Horas antes, el hombre, de complexión fuerte, pelo desaliñado y barba descuidada, había entrado al rincón de mala muerte en el que le servían  su acostumbrado trago. Rodeado de taburetes, el sonido de los tacos de billar al empujar el número ocho y la música country, hacían que se perdiese en su propia mente.

El empapado laberinto que era su cerebro se deshizo al escuchar una voz segura pero melosa.
−Un Calentón, por favor.
−No tenemos tabasco, señorita –respondió el camarero.

Mientras los rojos y carnosos labios de la mujer murmuraban –Pues una cerveza, camarero–, sus ojos se clavaban en el hombre. Oscuros ojos, como el corazón de un pederasta. Envolventes, esos ojos lo estaban comprobando de arriba abajo. Pesándolo, palpándolo. Sacando sus entrañas y volviendo a ponerlas en su interior. Esos ojos, pensó él, me están quitando todo. Me están desnudando. La mujer se levantó lentamente de su taburete y, cogiendo su cerveza, se dirigió a la mesa de billar que estaba ocupada. Su andar insinuante dejaba entrever las curvas a través del elegante vestido de noche que llevaba. Los tacones, de aguja, realzaban las delicadas piernas de la mujer, que dejaban de verse en los muslos, donde acababa su vestido.

Cogiendo uno de los tacos de billar y la tiza, frotó suavemente el extremo. Apartando a los petrificados jugadores, se inclinó de manera deliberadamente pausada para apuntar al número 3. Al inclinarse, sus cabellos, rojos como bolas de snooker, cayeron sobre sus ojos, impidiéndole ver. Fuese esto premeditado o no, lo solucionó apoyando su palo de billar contra una pared. Bebió con extrema calma de su cerveza, a sabiendas de que todos los ojos del tugurio estaban puestos en ella. Lo siguiente, que dejó atónito al hombre, fue que la mujer dejó ver más de sus piernas. Levantando una pierna, junto con un poco de su vestido, comenzó a bajarse la ropa interior, que acabó acariciando los rojos tacones, sin tocarlos. Los hombres, con la boca abierta, vieron cómo con una sardónica sonrisa en sus labios, se ataba la lencería en el pelo para evitar que este volviese a desparramarse sobre sus ojos. Con plena confianza en sí misma, guiñó un ojo y golpeó la bola, que entró directa en el agujero. Dándole el taco al hombre que tenía más cercano, recogió su cerveza, se la bebió de un trago, pagó y se fue del local mientras cogía, de un pequeño bolso, un caramelo.

El hombre, dándose cuenta del canto de sirenas en el que estaba envuelto, consiguió salir del ensueño y, apurado, pagó y fue corriendo tras ella. Corrió hasta que la vio, caminando por el medio de una carretera vacía. La mujer iba en dirección a la playa, de arena fina e iluminada por la luna. La siguió y al llegar junto a ella, la agarró por el brazo y miró muy de cerca sus ojos. La mujer, al tenerle cara a cara, unió sus labios con los suyos. Él, sorprendido, aceptó el beso, que sabía a cereza. Lo que quedaba del caramelo se acercó a su lengua, empujado por la húmeda de la mujer, que jugaba y daba vueltas en su boca.

Él no podía parar. Cogió fuertemente de la muñeca a la mujer y corrió hasta tocar arena, momento en que la lanzó. Su elegante vestido, sus bonitos zapatos y su coqueto bolso ya no servirían para nada más. El hombre ya había caído en las redes de la mujer y era lo que ella quería. Quería que le quitasen su vestido. Lo más bruscamente posible. Que se lo rompiesen, que se lo rasgasen. Quería perder uno de sus tacones en el mar. Quería sentir la violencia de la pasión. Quería sentir el placer que otorgaba el calor desconocido. La mujer quería olvidar y, esa noche, había salido dispuesta a ello. El hombre, tras quitarle bruscamente la ropa, la agarró por la cintura y la contempló de pies a cabeza unos segundos, que no fueron suficientes para captar todos los detalles. Lo único que su cabeza distinguió fue que la mujer aún tenía una prenda de más. Apurado, le quitó el sostén, dejando al descubierto unos tersos y redondos senos, con los pezones hinchados a causa de la brisa marina. Sin darse tiempo a respirar, el hombre se quitó la camiseta, mostrando un torso velludo y musculado. En cuanto se hubo desecho de ella, se quitó los pantalones, dejando ver una erección cuando menos, ruda.

La mujer de rojo lo observaba con los ojos abiertos de par en par. Esperaba, tumbada ante él con sus oscuros ojos clavados en su frenesí. Aquello parecía un montón de manos que no podían parar de tocar. Le encantaba. Quería más. Quería que le hiciese más. Le ordenó que pusiera su boca en sus labios y el hombre hizo caso. Saboreó, mientras la mujer disfrutaba lo que sentía como una liberación. Los gemidos rasgaban el cielo y las uñas se clavaban en piel y arena. Hasta que no pudo más. La explosión hizo que el hombre entendiese que ahora era su turno, así que, agarrando su erección con una mano y la cintura de la mujer con otra, entró en ella una y otra vez. Sus cuerpos se mezclaron, sudaron y estallaron.

La arena se llenó de marcas que, a la mañana siguiente, ya no estarían; las pieles se llenaron de marcas que, a la mañana siguiente, aun perdurarían.

Prosa en fascículos. 4

 

“If you had a friend you knew you’d never see again, what would you say? If you could do one last thing for someone you love, what would it be? Say it, do it, don’t wait. Nothing lasts forever.”

-Es que contigo soy bastante diferente a como he sido con cualquier persona en mi vida. La verdad. Tú estás muy pendiente de mí.
Aunque hay cosas de las que pasas… Y que yo te digo, y pasas de ellas. Y me gustaría que tuvieses en cuenta. Más, al menos.
Cosas que cualquiera que pasa de todo, tendría en cuenta. Tú pasas de ellas. Pero, en términos generales, creo que nadie me ha… cuidado, tanto como tú.
No contando mi madre, vamos. Ni mi abuela.
Creo que nadie se ha molestado en perder tanto el tiempo conmigo.Y en quererme sin nada a cambio. La verdad. Yo te ayudaré, si te ayudo. Pero no me reclamas por mi ayuda.
Eso es nuevo, en mi vida.
-[…]
-Antes me llamaban para pedirme un pantalón. O dinero. O un favor. Lo que fuese.
No.
No eres un remix de nadie.
Haces cosas que a cada persona le recuerdan a otra persona.
Y eso es normal. Pero no eres un remix de nadie.
-[…]
Claro. A eso me refiero, que es nuevo. Tan continuo, además. Porque si es una vez a la semana… O cada dos…
Pero tú no. Por eso se nota más, supongo.

Prosa en fascículos 2. Ella.

-Te amo, niña.
-¿Cómo?
-¿Hasta el infinito no es exagerar?
Mucho,
con los dedos,
con los ojos,
con el olfato,
con los oídos…
Con toda mi piel, mis nervios, mis venas y mis músculos.
Cada uno de los órganos que reciben información de ti se alegran.
-¿?
-¿Qué?
-¿Qué órganos se alegran?
¿Tus dedos, tus ojos…?
-Todos los que pueden recibir información.
Mis ojos, sí,
mis oídos, también.
Toda mi piel.
-¿Tus oídos?
-Mi olfato. Sí.
-Josúsh.
-¿Qué pasa?
-Nada. Que me hace gracia que se alegren tus oídos por recibir ondas procedentes de mi caja torácica.
-Aunque suenes tan aguda, ya ves. A mí también me parece curioso.
-No soy tan aguda. YO te juro, en serio, que me oigo grave.