El escritor

El escritor se vio envuelto en un calor que nunca habría esperado.

No era su costumbre escribir sobre nada en concreto. Más bien siempre le había gustado escribir banalidades; él lo llamaba “realismo rutinario”. Sus novelas casi se podían llegar a considerar diarios. Es por esto que, en realidad, solo llegó a escribir una saga. Estaba repartida en miles de tomos, dado que las escribía a mano en libretas pequeñitas pequeñitas, con apenas cien carillas.

Hay que admitir que tiene mucho mérito la supervivencia primera de este escritor, dado que no tuvo a lo largo de su vida más trabajo que el de escribir. Sus primeras publicaciones no fueron del todo conocidas en un principio, aunque sí recibieron buenas críticas. A sus profesores les parecía fantástica la prosa de su alumno, que describía con pleno detalle su paso por la vida. Detalles como si le echaba sal o pimienta a la ensalada, si se ponía primero el calcetín derecho o el izquierdo o cómo dudaba al ponerse una camisa blanca o una camiseta negra, estaban descritos con una profundidad que incluso parecían plasmados en el mismo momento de la duda.

Aun siendo la profundidad siempre una constante, la creatividad no abandonó nunca al escritor, lo cual es un hecho particular puesto que la escritura siempre consistía en la descripción de la realidad más cruda, maloliente o sabrosa. En su caso sería imposible decir que el autoplagio o la repetición de estructuras existiese. Cada día estaba descrito de una forma distinta, así como cada día lo vivía de una manera totalmente diferente. Puede que ese fuese el secreto de su éxito. A pesar de que su obra consistiese en lo mismo siempre, la experiencia añadida del día anterior modificaba por completo la experiencia descrita en la última página.

Puede que sea por ello que una gran masa de admiradores lo arropó de forma incondicional cuando decidió dejar la pluma de forma involuntaria. Montones y montones de personas asistieron al funeral.